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Sartre y la política

Francisco Fern√°ndez Buey - Julho 2005
 

Seguramente ning√ļn otro fil√≥sofo ha representado mejor que Jean-Paul Sartre los anhelos y esperanzas del intelectual europeo del siglo XX comprometido con la causa de la libertad. √Čl no fue un pol√≠tico profesional ni un polit√≥logo. Tampoco fue, hablando con propiedad, un analista de la pol√≠tica en el sentido en que eso se entiende hoy, aunque en los diez tomos de Situations hay mucho material interesant√≠simo para el an√°lisis de las ideas pol√≠ticas en el siglo XX. M√°s all√° de sus equivocaciones en tal o cual situaci√≥n, de su fracaso pol√≠tico o de sus excesos en tal o cual pol√©mica particular con otros grandes de la √©poca, su pasi√≥n por la libertad no fue una pasi√≥n in√ļtil.¬† Sartre fue un escritor y fil√≥sofo que pas√≥ la mayor parte de su vida dividido entre la √©tica de las convicciones fuertes (a las que no quer√≠a llamar verdades) y la √©tica de la responsabilidad en la cosa p√ļblica, responsabilidad que no consideraba exclusiva de los pol√≠ticos. Carg√≥ con esa cruz, reflexion√≥ sobre ella, rechaz√≥ cireneos (aunque estos, a veces, eran amigos),¬† hizo a los dem√°s mirarse en el espejo en que √©l se miraba y oblig√≥ a algunos de los pol√≠ticos contempor√°neos a cargar con otra cruz: la de los l√≠mites morales de la pol√≠tica que se atiene exclusivamente a lo que cree posible aqu√≠ y ahora con olvido de los fines.

Apenas ha habido en el mundo acontecimiento pol√≠tico-social importante, entre 1945 y 1980, en el que J.P. Sartre no hiciera o√≠r su voz. Hay fil√≥sofos y literatos que s√≥lo intervienen en la cosa p√ļblica en las pocas ocasiones en que el gusano de la conciencia les dice que no es posible callar. No fue el caso de Sartre. √Čl quiso ser el gusano de la conciencia. Compiti√≥ con otros en eso. Y rompi√≥ con casi todos con los que compiti√≥ y con los que hab√≠a compartido anhelos. La historia misma de Les temps modernes desde 1946 a 1980 es una historia de rupturas: con Aron, con Camus, con Merleau-Ponty, con Lefort; al final, si hemos de creer a Annie¬† Cohen-Solal, incluso con Simone de Beauvoir. No es extra√Īo, pues, que en 1980 Sartre tuviera un entierro multitudinario y que inmediatamente despu√©s empezaran a llover las m√°s gruesas piedras sobre su cad√°ver. Algunas de ellas para negar incluso la evidencia: su pasi√≥n por la libertad y su generosidad con la causa de los condenados de la tierra, con los revolucionarios, con los rebeldes, con los disidentes, con los desobedientes y con los perseguidos.

Antes de la segunda guerra mundial el fil√≥sofo y escritor no hab√≠a manifestado un inter√©s particular por la pol√≠tica. Es verdad que intervino frente al antisemitismo rampante, antes y despu√©s del Holocausto, pero lo hizo m√°s bien desde el desprecio de la pol√≠tica. La segunda guerra mundial le cambi√≥ en esto. Y fue en los a√Īos que siguieron, durante la primera guerra fr√≠a, cuando, tras el fracaso en la construcci√≥n de una √©tica, Sartre dar√≠a concreci√≥n a su moral de la ambig√ľedad. Lo hizo a trav√©s de un largo di√°logo con el marxismo y con el movimiento comunista. Al hilo de ese di√°logo fue perfilando su posici√≥n pol√≠tica. Mientras tanto, hab√≠a perdido en el camino la motivaci√≥n para escribir una √©tica. Con los a√Īos, lo justificar√≠a as√≠: "La actitud moral aparece cuando las condiciones t√©cnicas y sociales hacen imposibles las conductas positivas.¬† La moral es un conjunto de ¬†¬†¬†¬† triqui√Īuelas idealistas para ayudarnos a soportar lo que la penuria de recursos y la carencia de t√©cnicas nos imponen".

En 1945-1946 Sartre hab√≠a fundado con Merleau-Ponty la revista Les Temps Modernes. No era una revista s√≥lo pol√≠tica, pero en ella iniciar√≠a el fil√≥sofo y escritor sus batallas pol√≠ticas. Al principio el "pol√≠tico" de la revista, por decirlo as√≠, era Merleau-Ponty. √Čl era quien firmaba los editoriales y algunas notas de la redacci√≥n a las que Sartre a√Īadi√≥ su firma.¬† La primera, y seguramente la m√°s persistente, batalla pol√≠tica que dio Sartre fue en favor de los colonizados y contra los colonizadores, con motivo de la intervenci√≥n francesa en Indochina. Sartre fue entonces uno de los primeros europeos en exigir la independencia inmediata, y sin contrapartidas, de los pueblos colonizados. Esto se tiene que valorar teniendo en cuenta los titubeos de la izquierda francesa y europea del momento acerca de la cuesti√≥n colonial, sobre todo cuando entraban en juego los propios intereses nacionales. Les Temps Modernes fue una revista precursora en este punto.

La segunda batalla de Sartre, ya desde 1946 pero sobre todo con el cambio de década, tuvo repercusiones incluso en la redacción de la revista. Al comenzar la guerra fría afirmaba, también de acuerdo en eso con Merleau Ponty, que, en caso de conflicto, habría que alinearse con la Unión Soviética frente a los Estados Unidos de América. Esto dejó fuera de la redacción a otro de los fundadores de Les Temps Modernes: Raymond Aron. Para Sartre se trataba de una apuesta hecha con la muerte en el alma, pues él estaba por la paz y contra la guerra, pero pensaba, sobre todo a partir de la guerra de Corea, que el principal peligro bélico procedía entonces de los Estados Unidos. Había viajado allí y, ya de vuelta en Francia,  se había ido convenciendo de las limitaciones de aquella democracia demediada por el macartismo. Para Sartre lo que existía realmente en EE.UU. era un régimen pre-fascista veteado de racismo.

En 1948 hizo un intento de intervenci√≥n directa en la vida pol√≠tica francesa: dio vida, con David Rousset, Jean Rous, G√©rard Rosenthal y algunos m√°s, a un partido nuevo, el Rassemblement D√©mocratique R√©volutionnaire, que compart√≠a con los marxistas la inspiraci√≥n revolucionaria pero se alejaba de la orientaci√≥n clasista del partido comunista y pretend√≠a, adem√°s, recuperar las tradiciones del socialismo democr√°tico. En ese contexto, y en pol√©mica tambi√©n con algunos de los dirigentes del RDR, Sartre se manifest√≥ contra el Pacto Atl√°ntico y a favor de la neutralidad de Europa. El RDR, criticado a la vez por gaullistas, socialistas y comunistas e internamente dividido, naufrag√≥. Fue el primer fracaso pol√≠tico de Jean-Paul Sartre. Present√≥ la dimisi√≥n del RDR durante el oto√Īo de 1949. Por entonces tirios y troyanos denunciaban alternativamente su amoralismo y su individualismo decadente peque√Īo-burgu√©s. Sartre asumi√≥ el fracaso, sac√≥ conclusiones pesimistas sobre la esperanza, call√≥ durante algunos meses pero no se amilan√≥. Aquella experiencia y esta reflexi√≥n pesimista impregnar√≠an su di√°logo con el partido comunista en la d√©cada de los cincuenta.

Sartre habría querido transplantar el humanismo existencialista al cuerpo proletario  del partido comunista, que consideraba inválido. Entre 1950 y 1968 lo intentó varias veces, sin éxito, en un diálogo que oscilaría entre la lealtad a su concepto de proletariado, el tormento que le producía el que su idea de la autoconciencia no coincidiera con la realidad y la náusea que le provocaba el burocratismo disfrazado de teoría.

Empezó declarando que los valores que él defendía eran los mismos que los del comunismo, pero no dejó de poner su firma al lado de la de Merleau-Ponty al denunciar, en 1950, los campos de deportación soviéticos. Al hacer esto, denunciaba al mismo tiempo las dictaduras franquista, salazarista y griega, el macartismo y el imperialismo norteamericano;  se negaba a poner en el mismo plano el terror fascista y el comunista. Desde 1952 colaboró abiertamente con el partido comunista francés y se unió a los delegados comunistas en el Congreso Mundial de la Paz que se celebró en Viena. Parecía haber llegado a la conclusión de que podía aceptar la disciplina colectiva  sin renunciar a la libertad. Al menos eso es lo que dice Simone de Beauvoir. Es la época de su enfrentamiento con Albert Camus. Y también de sus artículos, en Les Temps modernes, sobre Los comunistas y la paz. Sartre argumentaba aquella opción suya aduciendo escándalos contemporáneos como el asunto Henri Martin, el asesinato legal de los Rosenberg, el papel de los Estados Unidos en la guerra de Corea y el trato que la derecha estaba dando a los comunistas en Francia.

Hasta 1956 Sartre defendi√≥ desde Les temps modernes la pol√≠tica del PCF contra los ataques de otros intelectuales (Camus, Aron, Lefort, el mismo Merleau-Ponty, etc.). En 1954 dio un paso m√°s: acept√≥ la vicepresidencia de la Asociaci√≥n Francia-URSS. De todas formas, mientras vivi√≥ Stalin, Sartre declar√≥ su aprecio por el comunismo disidente de Tito. Muerto Stalin, viaj√≥ a la URSS, dijo haber encontrado all√≠ al hombre nuevo y aplaudi√≥ el deshielo, o sea, la desestalinizaci√≥n relativa. Declar√≥ entonces que la libertad de cr√≠tica era all√≠ total y hasta se permiti√≥ una profec√≠a. Dijo a la prensa que, en seis o diez a√Īos, el nivel medio de vida en la URSS ser√≠a un 30 o un 40% superior al de Francia. Veinte a√Īos despu√©s se arrepentir√≠a de eso. Escribi√≥ (en Situations X): "Despu√©s de mi primera visita a la URSS en 1954 he mentido. He dicho cosas amables sobre la URSS que no pensaba".

En su di√°logo con las direcciones de los partidos comunistas de la √©poca,¬† Sartre, siendo como era uno de los m√°ximos exponentes del pensamiento franc√©s del momento, estuvo siempre mucho m√°s cerca del PCI que del PCF. Cuesti√≥n de talante o de car√°cter. Pues esta aproximaci√≥n al PCI no se debe a lo que se llamaba en la √©poca, pensando en √©l, "el decadentismo burgu√©s atormentado", sino al aprecio del fil√≥sofo por la apertura de miras de Togliatti, que en su an√°lisis de lo que hab√≠a sido el estalinismo fue mucho m√°s all√° del lugar al que hab√≠an ido los dem√°s dirigentes de los partidos comunistas. Sartre, que trat√≥ a menudo a Togliatti durante sus frecuentes estancias en Italia desde 1946, apreciaba adem√°s la actitud del PCI respecto de los intelectuales, su pol√≠tica cultural. A Togliatti dedicar√≠a, en 1964, uno de sus c√©lebres elogios f√ļnebres.

El di√°logo atormentado de Sartre con el comunismo prosigui√≥ en los a√Īos siguientes. Viaj√≥ a Pek√≠n y se vio con Mao en 1955. Pero inmediatamente despu√©s, en 1956-1957, se manifest√≥ contra la represi√≥n sovi√©tica en Budapest. Esto fue el final del trato cordial con el PCF. Hay que subrayar que, m√°s all√° de sus pol√©micas en el mundo pol√≠tico-intelectual franc√©s, al empezar la d√©cada de los sesenta Sartre era apreciado en el mundo sobre todo por su tercermundismo, por sus tomas de posici√≥n a favor de la descolonizaci√≥n y de los movimientos de liberaci√≥n. Y se comprende que esto haya sido as√≠. Pues no todos sab√≠an, en esos a√Īos, de las controversias dom√©sticas del fil√≥sofo; fuera de Francia, en cambio, casi todos ve√≠an en √©l una especie de contra-embajador universal que combinaba las declaraciones a favor del marxismo y del socialismo con el apoyo a la causa de la liberaci√≥n. As√≠ en Cuba, adonde viaj√≥ en 1960 para apoyar la revoluci√≥n. De esa visita ha quedado una fotograf√≠a c√©lebre, de Korda, en la que se le ve con Guevara. En Brasil, donde estuvo durante tres meses, aquel mismo a√Īo, de la mano de Jorge Amado; o en Yugoslavia, donde fue recibido por Tito y alab√≥ la autogesti√≥n.

Para muchos de los j√≥venes (y no tan j√≥venes) rebeldes y revolucionarios de aquellos a√Īos Jean-Paul Sartre fue el iniciador de un marxismo renovado, de un marxismo existencial que prestaba atenci√≥n a la antropolog√≠a y al papel de la subjetividad en la historia; y fue visto al mismo tiempo como uno de los exponentes principales de lo que pudo haber sido (y entonces parec√≠a que pod√≠a llegar a ser) otra pol√≠tica internacional, atenta a la liberaci√≥n y autodeterminaci√≥n de los pueblos que se estaban librando del yugo colonial; una pol√≠tica internacional neutralista y de paz, independiente de los intereses de las dos grandes superpotencias del momento. Esta percepci√≥n de la actividad de Sartre que los m√°s ten√≠an parec√≠a confirmada por el primer volumen de Critique de la raison dialectique (1960) y por el apoyo que √©l estaba prestando al¬† Frente Nacional de Liberaci√≥n en Argelia.

Efectivamente: en la Critique de la raison dialectique, y sobre todo en la parte dedicada a la cuestión de método que la precedía, Sartre había escrito varios ditirambos del marxismo que podían sorprender a los lectores de El ser y la nada e incluso a los lectores de El existencialismo es un humanismo. Decía allí, varias veces, que el marxismo era el horizonte insuperable del saber (o de la filosofía la época) y que el existencialismo, como ideología, tendría que acabar diluyéndose en un marxismo renovado. Pero también, y para que esa fusión se produjera, rechazaba de la forma más explícita varias de las tesis del marxismo que la mayoría de los marxistas de entonces (y sobre todo de los marxistas franceses)  consideraban intocables: el determinismo económico, la dialéctica de la naturaleza, la falta de atención a las totalidades y a las situaciones concretas.

Casi al mismo tiempo en que le√≠an esto, y en que tend√≠an a verlo como el esbozo de otro marxismo, el rebelde o el revolucionario de entonces escuchaban la noticia de la batalla de Sartre a favor del FLN argelino, del Manifiesto de los 121, de su llamada a favor de la insumisi√≥n en nombre de la descolonizaci√≥n, del derecho a la resistencia y del derecho a la autodeterminaci√≥n de los pueblos: "¬†D√©claration sur le droit √† l¬íinsoumission dans la guerre d¬íAlg√©rie".¬† O conoc√≠an, en septiembre de 1961, su apoyo inequ√≠voco y generoso a Frantz Fanon. Al prologar Los condenados de la tierra, de Fanon,¬† Sartre denunciaba la recurrente pr√°ctica a la tortura, la humillaci√≥n de los colonizados, la "bestialidad" de los colonizadores que rebajaban a "subhombres" a los colonizados. El fil√≥sofo hablaba ah√≠ alto y en un lenguaje claro¬† e inequ√≠voco para soltar ese tipo de verdades que el pueblo compara con los pu√Īos, verdades de las que duelen a los poderosos y remueven la conciencia de los tibios. Por eso el rebelde o el revolucionario de comienzos de la d√©cada de los sesenta pudo escuchar tambi√©n, en las calles de Par√≠s, frases que s√≥lo excepcionalmente la reacci√≥n dedica a los fil√≥sofos comprometidos: "Fusilad a Sartre", "Encarcelad a Sartre".

Vale la pena subrayar ahora este aspecto de la actividad de Jean-Paul Sartre, lo que influyó su lucha contra el colonialismo en los jóvenes europeos, latinoamericanos y africanos de entonces y los odios que provocaba en quienes pretendían cambiar formas para que todo siguiera igual, porque con el tiempo, en el largo proceso de la llamada "desmitificación" de Sartre, que se inició ya poco después de su muerte, y que tiene mucho que ver con el neoliberalismo y con el neocolonialismo, esto que digo aquí es algo que suele quedar en muy en segundo plano para poner los acentos sobre todo en sus silencios, en lo que no dijo sobre el socialismo que se llamaba a sí mismo "real", o en las clamorosas polémicas filosófico-políticas con otros intelectuales de la época.

Cierto: Sartre vinculaba entonces la autodeterminaci√≥n de los pueblos que hab√≠an estado sometidos al yugo colonial con el movimiento hacia el socialismo. "Socialismo" era entonces una palabra en boca de muchos. As√≠ que tambi√©n en esto hay que precisar. El socialismo era, para √©l, ante todo, el movimiento de los hombres hacia su liberaci√≥n, afirmaci√≥n individual y colectiva de la libertad del hombre frente a un mundo de explotaci√≥n y alineaci√≥n. A pesar de sus elogios anteriores a la Uni√≥n Sovi√©tica y a Yugoslavia, en la d√©cada de los sesenta Sartre no cre√≠a que, hablando con propiedad, el socialismo existiera en parte alguna. M√°s bien cre√≠a que, en ese camino, hab√≠a pa√≠ses m√°s adelantados que otros, en la medida en que hab√≠an socializado sus medios de producci√≥n. Seg√ļn Sartre, el socialismo s√≥lo puede existir en condiciones de abundancia. Pensaba que igualdad y libertad son, en el fondo, la misma cosa. Pero no cre√≠a, en cambio, que el socialismo fuera a ser el fin de la historia de la humanidad, ni un Ed√©n, ni que hubiera de conllevar la felicidad para el hombre. Ve√≠a el socialismo como un proceso indefinido, como la condici√≥n de posibilidad para que el ser humano pudiera llegar a plantearse, sin disfraces ideol√≥gicos, no s√≥lo los verdaderos problemas econ√≥micos y sociales sino tambi√©n los aut√©nticos problemas filos√≥ficos y metaf√≠sicos.

Todo eso, pero tambi√©n la pasi√≥n pol√©mica con que lo expon√≠a, y el individualismo irreductible de su estar ah√≠, entre los abajo firmantes de manifiestos a favor de tantas y tantas causas distintas,¬†hicieron imposible, a pesar de los cuatro a√Īos de colaboraci√≥n, su entrada en el PCF. Sartre qued√≥ a la puerta, llamando, invitando a un di√°logo para el que nunca hall√≥ el tono apropiado ni los interlocutores propicios, al menos en Francia. Mientras en Francia se peleaba con Kanapa, con Garaudy o (m√°s educadamente) con Althusser, los comunistas italianos del Instituto Gramsci de Roma le invitaban a hablar en un congreso sobre moral y sociedad. Tal vez porque algunas de las cosas que Sartre hab√≠a escrito en el primer volumen de la Critique de la raison dialectique estaban m√°s cerca de Gramsci (por su visi√≥n de la historia y por su reivindicaci√≥n del papel de la subjetividad en ella) que de las orientaciones entonces dominantes en el PCF.

Pero tampoco se dej√≥ querer por la otra parte, ni siquiera despu√©s de que la declaraci√≥n solemne de De Gaulle ¬Ė"No se encarcela Voltaire!"¬Ė¬† le elevara a las alturas del Parnaso. En 1965 rechaz√≥ el premio Nobel de literatura para afirmar as√≠ la absoluta independencia de su compromiso. Por entonces, en una conversaci√≥n que mantuvo con Jorge Sempr√ļn, en Cuadernos del Ruedo Ib√©rico, se explay√≥ acerca de las razones que √©l llamaba subjetivas y objetivas de este rechazo. Manifest√≥, por una parte, que el premio Nobel de literatura era una especie de ministerio de la cultura occidental, ignorante o despreciador de las otras culturas; y, por otra, que con aquella concesi√≥n, en las circunstancias de entonces y a√ļn salvando la buena intenci√≥n de quienes le propusieron, se pretend√≠a instrumentalizar pol√≠ticamente su compromiso. En la conversaci√≥n con Sempr√ļn todav√≠a a√Īad√≠a que si el premio le hubiera sido concedido en los d√≠as de la lucha por la independencia de Argelia, cuando la derecha pol√≠tica exig√≠a su cabeza o pretend√≠a mandarle a la c√°rcel,¬† lo habr√≠a aceptado.

Sartre fue luego uno de los principales promotores del Tribunal Russell contra los cr√≠menes de guerra en Vietnam. Coincidi√≥ ah√≠ con otro de los grandes librepensadores europeos. Quiso, adem√°s, hacer de mediador en el conflicto palestino-israel√≠ y viaj√≥ a El Cairo, Gaza y Tel-Aviv en 1967. √Čl, que hab√≠a escrito sobre la cuesti√≥n jud√≠a y que hab√≠a criticado con acritud la persistencia del antisemitismo,¬† tuvo que hacer frente a preguntas delicadas durante el viaje. Probablemente, al contestar a esas preguntas delicadas sobre el conflicto palestino-israel√≠, es la √ļnica vez en que Jean-Paul Sartre¬† se ha mostrado diplom√°tico. En cambio, en la denuncia de los cr√≠menes de guerra norteamericanos en Vietnam fue muy taxativo. Con el Tribunal Russell contribuy√≥ decisivamente a que la opini√≥n p√ļblica mundial conociera lo que de verdad estaba pasando en Vietnam. Para muchos eso ha sido el principal antecedente de lo que querr√≠an que fuera un tribunal penal internacional contra los cr√≠menes de guerra.

Aunque en 1968 Sartre estaba casi enteramente dedicado al estudio de Flaubert y aunque los acontecimientos de mayo le cogieron por sorpresa, como a tantos otros intelectuales,¬† colabor√≥ con los estudiantes rebeldes y sali√≥ a la calle con ellos durante las manifestaciones de aquellas semanas. A pesar de eso y de los dardos envenenados que segu√≠a lanz√°ndole la derecha pol√≠tica francesa, el cambio generacional y de talante era ya evidente y Sartre, con sesenta y tres a√Īos, y considerado por muchos como una instituci√≥n m√°s,¬† fue criticado por la mayor√≠a de las tendencias que compon√≠an entonces el movimiento estudiantil, desde los situacionistas¬† hasta los mao√≠stas pasando por los enrag√©es. Luego dir√≠a: "No entend√≠ lo que estaba pasando en mayo. S√≥lo empec√© a entender despu√©s, cuando establec√≠ relaciones estrechas con algunos de los estudiantes". Con la misma pasi√≥n denunci√≥ la invasi√≥n de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia aquel mismo verano.

Se puede decir que 1968 signific√≥ para Sartre la ruptura definitiva con el partido comunista franc√©s. Despu√©s de la derrota, se aline√≥ con la extrema izquierda mao√≠sta, en un momento en que √©sta estaba siendo criminalizada. Para apoyar a los perseguidos, entre ellos Geismar, uno de los dirigentes estudiantiles del 68,¬† asumi√≥ la direcci√≥n de La Cause du peuple, peri√≥dico mao√≠sta vinculado a la Gauche proletarienne. En 1970, aparc√≥ su trabajo sobre Flaubert para apoyar La cause. En aquellos meses se pudo ver al viejo fil√≥sofo voceando el peri√≥dico mao√≠sta por las calles de Par√≠s. En cierto modo ah√≠ hace su aparici√≥n otro Sartre, un Sartre que se empe√Īa en comprender a los m√°s j√≥venes y que empieza a alejarse de los viejos amigos. Comentando esa situaci√≥n escribi√≥: "La direcci√≥n de La Cause du peuple me ha radicalizado. Ahora me considero disponible para todas las tareas pol√≠ticamente justas¬† que se me pidan. No he aceptado la direcci√≥n de La Cause du peuple como un liberal que quiere curarse en salud defendiendo la libertad de prensa, sino como un acto que me compromete con personas a las que quiero mucho aunque no comparta todas sus ideas".

Ciertamente en esos a√Īos Sartre no se consideraba mao√≠sta ni aprobaba todas las actuaciones de la Gauche proletarienne, a pesar de lo cual se ofreci√≥ como escudo: declar√≥ solemnemente que se solidarizaba con todos los art√≠culos publicados en La Cause du peuple. No es una an√©cdota en la vida del hombre. A esta causa, y mientras publicaba los primeros vol√ļmenes de L¬īidiot de la famille (1971-1972), dedic√≥ dos a√Īos y pico. Quienes le conoc√≠an de cerca, extra√Īados, tend√≠an a pensar que el fil√≥sofo y escritor hab√≠a reencontrado la panda de la adolescencia. Sartre no tuvo hijos: solo una hija de adopci√≥n.¬† En esos a√Īos luch√≥ contra el juicio a Geismar, alent√≥ a los obreros de Renault-Billancourt, se manifest√≥ contra la situaci√≥n existente en las c√°rceles, apoy√≥ huelgas salvajes y contribuy√≥ a crear la agencia de prensa Liberation, que pronto dar√≠a origen al peri√≥dico del mismo nombre.

En una de las √ļltimas im√°genes que han quedado de sus intervenciones p√ļblicas se ve a Sartre envejecido, plantado, protestando, dando testimonio, a unos metros de los muros de la prisi√≥n de Stammheim, cerca de Stuttgart, donde entonces estaba encarcelado Andreas Baader, miembro de¬†la Fracci√≥n del Ejercito Rojo, acusado de terrorismo. Era el 4 de diciembre de 1974. El fil√≥sofo, ciego ya, fue all√≠ para protestar contra la forma que estaba tomando la represi√≥n estatal en Alemania y contra el silencio de los m√°s. En la c√°rcel de Stammheim,¬† Sartre tuvo una entrevista de casi media hora con Baader, al parecer dur√≠sima. En el transcurso de la misma, Baader le reproch√≥ el que hubiera criticado p√ļblicamente los m√©todos violentos de la Fracci√≥n del Ejercito Rojo. Pero Sartre a√ļn hizo gestiones con B√∂ll para un llamamiento contra el trato a los detenidos en las c√°rceles.¬†Para algunos aquella foto de Stammheim es la imagen pat√©tica de un mundo que se acaba. Para otros, como Manuel Sacrist√°n aqu√≠, el ejemplo definitivo de la nobleza moral de Jean-Paul Sartre, ya en su vejez y en su soledad.

Muy disminuido ya, ciego y envejecido, Jean-Paul Sartre todav√≠a sigui√≥ trabajando y dando testimonio en los √ļltimos cuatro a√Īos de su vida, casi siempre acompa√Īado por el que fue su √ļltimo secretario, Pierre Victor, pseud√≥nimo de Benny L√©vi, al que hab√≠a conocido, a trav√©s de Geismar, en La Cause du peuple. En 1974 viaj√≥ a Atenas para apoyar con su voz y su persona a la democracia que estaba saliendo de la dictadura militar; y en abril de 1975 fue a Portugal, para saludar la revoluci√≥n de los claveles. A√ļn tuvo tiempo para protestar, en 1979, por el caso Sajarov en la Uni√≥n Sovi√©tica y para estar, ese mismo a√Īo, en una tentativa de di√°logo, en Par√≠s,¬† entre intelectuales palestinos e israel√≠es. Ya no era la leyenda que fue: en sus memorias, Edward Said ha dejado un testimonio sombr√≠o y decepcionado sobre la participaci√≥n de Sartre en aquella reuni√≥n de marzo de 1979, en casa de¬† Michel Foucault.

Sartre se despidi√≥ del mundo dejando un testamento intelectual cuya autor√≠a hizo correr r√≠os de tinta: por el momento en que apareci√≥ (mientras el fil√≥sofo se mor√≠a), por el disgusto que el texto le produjo a Simone de Beauvoir y por las varias tentativas de la redacci√≥n de Les temps modernes para que no se publicase. Annie Cohen-Solal ha mostrado, en su excelente biograf√≠a de Sartre, que √©ste intervino personalmente para que la conversaci√≥n con L√©vy viera¬† la luz, sabiendo el disgusto de Simone de Beauvoir y conociendo la oposici√≥n de la redacci√≥n de su revista. Se trata, en suma, de una larga conversaci√≥n con Benny L√©vi que apareci√≥ en tres n√ļmeros seguidos de Le Nouvel Observateur, en marzo de 1980 (Sartre muri√≥ en abril) con el t√≠tulo de L¬īespoir maintenant.

En esta conversación Sartre pasa revista a lo que fue su vida como filósofo y como hombre. Para entonces, en 1980, el mundo había cambiado tanto, de la mano de Thatcher y de Reagan, que entre los intelectuales el compromiso a favor de la liberación de los de abajo había empezado a ser sustituido por la defensa integral de la libertad de mercado. En esas circunstancias vuelve Sartre a los lugares del fracaso para dejar un mensaje final de esperanza: esperanza de los desesperanzados. Parece escuchase ahí el eco de Hölderlin, de Bloch y de Benjamin, tal vez propiciado por el judaísmo de Benny Levi.  Desde aquel final, Sartre reconstruye y reinterpreta lo que fue su vida. El filósofo de la angustia, de la náusea y del absurdo acaba diciendo, paradójicamente, que desde 1945 él siempre había tenido esperanza: "Jamás he estado desesperado; nunca he visto la desesperación como una cualidad que tuviera que ver conmigo". Sartre vuelve ahí a la paradoja: "La desesperación no es lo contrario de la esperanza". Peter Weis, que había llevado al teatro a Hölderlin, donde agudamente le hizo dialogar con el joven Marx, aplaudió el oxímoron.

Y seguramente tenía razón: lo que Sartre dice en 1980 no se deduce de su filosofía, pero se sigue de su práctica, de lo que fue su manera de estar en el mundo. Hay un personaje al que Shakespeare hace decir en escena: "Empiezo ahora una larga lucha contra mí mismo". En cierto modo Jean-Paul Sartre es la representación viviente de ese personaje (y de otros que él mismo creó literariamente). Lo confirma lo que había escrito ya en Les Mots: "He llegado a pensar sistemáticamente contra mí mismo hasta el punto de medir la evidencia de una idea por el displacer que me causaba". De gentes así, tan de otra época pero tan de la nuestra, se puede decir, incluso ahora: por sus contradicciones los reconoceréis.

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Francisco Fernández Buey é professor da Universidade Pompeu Fabra, em Barcelona.

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NOTA BIBLIOGR√ĀFICA

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Fonte: Especial para Gramsci e o Brasil.

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